martes, 13 de agosto de 2013

Escalofríos en el Alma


"-¿Acaso me has olvidado? - Preguntó ella mientras sus lágrimas corrían a través de su rostro.
- Jamás - respondí - sentí como el aliento de vida que había perdido recorría de nuevo mi espina - he aguardado por ti durante tantos años, que ya había olvidado lo que se sentía ser humano - continué - Había olvidado mis sueños, mis esperanzas, mis retos, sólo me resigné a que tenía que seguir viviendo."

Tras ocurrir el bramido que manifestaba totalmente mis intenciones con una fuerza descomunal, con un impulso que había esperado en la garganta por la oportunidad que por tanto tiempo se había considerado perdida, ella gira su rostro y me da su espalda, en un susurro me dice  “-¿Entonces porque te fuiste?”. En ese justo instante sentí como un pedazo de mi alma se desgarraba y cómo esas palabras de despedida que salían despreocupadamente de mis labios en aquella época se habían tornado en un grillete para toda la eternidad;...recuerdo que de manera imprudente pensaba que todo volvería a su curso normal, que tras una despedida seguiría el reencuentro, pero de las grandes curiosidades de la vida la más contundente es que nada se encuentra escrito, entre ellas la razón por la cuál pude seguirla hasta ahora, hasta poder hablar con ella.

Tras un silencio lúgubre que se había hecho del lugar, un frío recorría mis manos, mientras veía que la silueta de ella se movía bruscamente por el sollozo. Finalmente respondí: “-Porque no estaba listo, porque necesitaba caminar, estaba ahogado y lo sabías, lo dejaste ir como si nada importase ya, ¿Y tu pretendías que me deshiciera de todo para estar a tu lado? “-No, eso no era  lo que yo quería, solo te pedía algo de tiempo para aprender a entregarme por completo, como siempre fue tu anhelo, como siempre fue el mío también.” Le respondí fríamente-“Eso ya no importa, como te dije, me resigne a que tenía que seguir viviendo…hasta que la misma esencia de la vida te apartó definitivamente de mi lado”. Pase mis manos frías por mi pecho en donde se encontraba un agujero fatal, un agujero que mostraba lo que realmente había ocurrido ese día, y como un recuerdo de que mi corazón nunca fue mío, y no pude verlo a tiempo, así que un monumento a la ausencia se hizo en mi pecho por siempre.

Recordé ese día de repente, esa extraña sensación de sentir que tus recuerdos van y vienen como la marea, sientes que la ola te pertenece mientras las sientes en tus pies en la playa pero después solo queda la fría ausencia de la partida en tu piel, en todo tu cuerpo. Era un día nublado, recorría como era costumbre el camino de regreso a casa, la fría soledad había hecho que mis ojos mimetizaran el ambiente lúgubre que rodeaba mi carro, abrazado por ese manto acuoso, escuchaba esa canción que tenía tu aroma, que ardía en el alma y en el momento del llanto más álgido los reflejos se hicieron añicos y la caída se hizo material, entre giros y vueltas sentía como lo único que permanecía era el leve recuerdo de tu rostro, las palabras que en ese día más me pasaban, las que causaron tu partida, mis pensamientos se detuvieron por un dolor punzante en el pecho, esta vez no era por tu ausencia, esta vez era un dolor definitivo, ese día me volví tu escolta permanente, ese día reconocí que si bien mi corazón fue tomado por los fierros siempre había sido tuyo y justo en ese instante renuncie a todo para verte una vez más.

Recuerdo ese día en que viniste a despedirte de mí, aún no sabía cómo hacerte saber que está contigo, aunque no me vieras, aunque no me sintieras, preferí esa maldición a la ausencia. Vi tus lágrimas derramarse día tras día, porque no hay nada más fuerte que la idealización que una trágica muerte trae, y peor aún sabiendo que fuiste la última persona que escuchó mi voz en este mundo. Te carcomía la ausencia y la culpa, a pesar que no fuiste la culpable.

De todo esto que pasa por mi mente lo único que puedo decir es lo siguiente: “-Sabes que no te dejaré nunca.” Ella responde después de enjugar sus lágrimas en su atuendo: “Lo sé...y no sé si lo merezco”- me acerco dulcemente a ella y paso mi etérea mano por su rostro y le digo: “-Tendremos toda la eternidad para averiguarlo.”